Natalia Véliz

 

El primer espacio en el que Natalia Véliz pudo expresarse a través de sus dibujos fueron las paredes de la casa de sus abuelos cuando era una niña. Tiempo después, a sus 26 años, los trabajos que realiza esta joven artista plástica sorprenden por su calidad y nivel de realismo.

Al ingresar a su oficina ubicada en Buró Coworking, el aroma a grafito y sahumerio invitan a recorrer el camino que realiza a diario entre hojas y lápices negros.







En una de las paredes, un mural de fotografías de familiares y amigos acompañan sus trazos y funcionan como un recordatorio, un diario visual, que le da las fuerzas necesarias para continuar en los momentos de cansancio. “Cuando estoy cansada miro la pared y digo no estoy sola, toda esta gente está a la par mía, confiando en mi”, cuenta.







Hasta no hace muchos meses, Natalia decidió dedicarse al dibujo en tiempo completo, una actividad que le salía de forma natural en sus años de adolescencia. “Esto me empieza a hacerme ruido, ebullición en la panza y ahí es donde tomo conciencia de que yo quería dibujar”.




“El dibujo es mi vida, mi todo, mi rutina. Toda la experiencia que pase, toda la forma de canalizar mi experiencia y la de los demás. Con mis dibujos hago catarsis o sano muchas veces; y muchas veces el dibujo forma parte de un parche, una pequeña curita que se pone en el corazón de alguien más”, expresa.




 

Antes de empezar, Natalia realiza una serie de ejercicios, estiramientos y masajes para relajar los músculos de sus manos y su cuerpo. La hoja en blanco le da adrenalina: “desde ahí ya no se que se puede desatar, es un punto de partida que uno ya no sabe hasta donde se dispara”.

Durante el proceso, piensa y tiene en cuenta para quién está dibujando y para qué; siempre se nutre de la historia de la fotografía a retratar. “Eso de alguna forma queda impreso en el dibujo, se traduce al rostro cuando lo tengo que entregar, en un abrazo, una lágrima, un gracias, que me vuelvan a elegir”, cuenta. Su firma es la culminación del trabajo, la manera que encontró para “hacerse cargo” de lo que está impreso.



Natalia se siente afortunada de trabajar de lo que le gusta porque en cada dibujo se siente auténtica. Y también se siente valiente, por haber dejado un trabajo en relación de dependencia para convertirse en emprendedora y dedicarse al arte; aquello que para una sociedad es un ingrediente vital, que nos conecta con lo esencial de la vida.



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